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lunes, 25 de abril de 2011

Comunión

Dios te bendiga!!.

Y aconteció que estando Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó también a sus discípulos.
Lucas 11:1

El cristiano puede tener comunión íntima con Dios por medio de la oración. Es una forma saludable para guardar el corazón y la mente, por eso es necesario que aprendamos a orar, así Ecomo el Señor Jesús le enseñó a sus discípulos (Lc. 11:1)
La oración no es solamente para pedir bienes materiales, ya que muchos cristianos únicamente oran para pedirle al Señor, mientras que la Biblia nos exhorta a que busquemos el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás será añadido (Mt. 6:33)
n el idioma hebreo “oración” proviene de “tefilá” (Strong 8605), que significa: Intercesión, súplica y ruego; y en el idioma griego de la palabra “proseuchomai” que significa: Suplicar, adorar,
hacer oración, orar y pedir (Strong 4336), y de “proseujé” que significa: Orar fervientemente E(Strong 4335).
Veamos algunos aspectos importantes de la oración:
- Debe ser dirigida a Dios Padre (Mt. 6:6)
- Debe ser ofrecida, única y exclusivamente, en el nombre del Señor Jesús (Jn. 14:13-14)
- Es levantada por medio del Espíritu Santo, (Ro. 8:26)
- Debemos orar siempre y en el Espíritu (Ef. 6:18)
- Se debe de orar con fe (Stg.1:6-8)
Veamos cómo la Biblia nos enseña que debemos orar:
1. PADRE NUESTRO, Lucas 11:1
“Padre” se traduce del griego “Pater” (Strong 3962) que significa: Nutridor, protector y sustentador (Strong 3962). Esta palabra se utiliza "de Dios en relación con aquellos que han recibido el nuevo nacimiento (Jn. 1:12-13; Diccionario VINE), es decir, que por medio de Jesucristo somos adoptados por Dios Padre (Jn. 1:12)
La frase "Padre nuestro" minifiesta la necesidad en el cristiano de la paternidad de Dios; aún Jesucristo cuando estaba orando en el Getsemaní (Mr. 14:36), utilizó la palabra "abba" (Strong 5),que expresa una relación filial íntima, una relación única de plena comunión y confianza del Hijo con el Padre.
Los esclavos judíos tenían prohibido dirigirse al padre de familia con este título; sin embargo, en nuestro caso, hemos recibido el espíritu de adopción (Ro. 8:15; Gá. 4:6), lo que nos incorpora en la relación de Padre e hijo, porque ya no somos esclavos (Gá. 3:28), por lo que también podemos decirle “abba Padre”.
Esto nos enseña que la expresión “Padre nuestro” se refiere a saber, comprender y creer en nuestro corazón y sentir que somos hijos de Dios y por lo tanto Él escucha nuestra oración porque es nuestro Padre (He. 4:16). La paternidad de Dios en nuestra vida conlleva aspectos como los siguientes:

A. Misericordia, Sal. 103:13
Nuestro Padre es misericordioso; lento para la ira y grande en misericordia (Sal. 86:15; 103:8; 145:8)
B. Amor, Jn. 15:9
En el Padre hay abundancia de amor para nuestra vida; contrario, en muchos casos, al
padre terrenal de quien únicamente se recibían insultos, golpes, desprecios, ofensas, etc.
C. Exhortación, 1 Ts. 2:11
Se traduce de “parakaleo” que significa: Implorar, confortar, orar y llamar a uno que está al lado (Strong 3870). Esto nos enseña que aunque en ocasiones el cristiano se sienta solo, el Padre no está lejano; sino que está dentro y al lado de cada uno de sus hijos (Mt. 28:20)
D. Consolación, 1Ts. 2:11
Se traduce del griego “paramutheomai” que significa: Confortar, dar ánimo y cercanía
(Strong 3888). Dios, nuestro Padre nos consuela, conforta y da ánimo ante las adversidades.
2. QUE ESTÁS EN LOS CIELOS, Lucas 11:1
La palabra “cielos” se deriva de la palabra griega “ouranós” que significa: La idea de elevación, morada de Dios, felicidad, poder, eternidad y celestial (Strong 3772). Esto nos habla del poder eterno y celestial del Padre, incluso, para hacer cualquier cosa por nosotros, sus hijos, porque es más grande que cualquier circunstancia o problema que vivamos.
3. SANTIFICADO SEA TU NOMBRE, Lucas 11:2
Santificado se traduce del griego “jagiázo” que significa: Hacer santo, purificar o consagrar,mentalmente venerar y santificar (Strong 37).
Santificar el nombre de nuestro Padre, es una expresión de alabanza, dado que Él busca adoradores, que le adoren en espíritu y en verdad (Jn. 4:23). Adorar según el griego “proskuneo” es: Hacer reverencia, dar obediencia a, acto de homenaje o de reverencia (Strong 4352). Esto nos habla del reconocimiento de Dios, de su naturaleza, de sus atributos por medio de:
4. VENGA TU REINO, Lucas 11:2
La palabra “reino” utilizada en este verso se traduce del griego “basileia” que denota soberanía,poder regio, dominio y territorio o pueblo sobre el que reina un rey (Strong 932). Esto nos habla que debemos reconocer al Padre como Rey y Señor; honrándolo (1 P. 2:17), glorificándolo (1 ti.
1:17), y adorándolo (Zac. 14:17; Dn. 4:37).
Pedir que venga el reino de Dios, implica reconocerlo como rey de nuestra vida. La evidencia de pertenecer a ese reino y anhelarlo no es externa ni material, sino interior en justicia, paz y gozo (Ro. 14:17)
5. HÁGASE TU VOLUNTAD, ASÍ EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO, Lucas 11:2
Esta frase nos habla que debemos rendir nuestra voluntad al Padre, lo que muchas veces se convierte en una lucha interna que conlleva sufrimiento, como le sucedió al Señor Jesucristo,quien tres veces pidió que se realizara la voluntad del Padre (Mt. 26:39,42,44)

6. DANOS HOY EL PAN NUESTRO DE CADA DÍA, Lucas 11:3

Esta expresión muestra la necesidad de orar constantemetne al Padre y depender de Él (Ef.
6:18; ), a la manera de Daniel (Dn. 6:10,13), y no únicamente en las circunstancias difíciles.
Es interesante notar que hasta este momento de la oración se realizan las peticiones al Señor;ésta petición tiene dos aspectos:
A. El pan espiritual
Se refiere a alimento espiritual que necesitamos, la Palabra expuesta por los ministros, lo que implica la necesidad de congregarse; así mismo nos habla del rhema que debemos buscar personalmente y constantemente en la Palabra (Sal. 45:1)
B. El pan literal
Se debe pedir por la provisión material, ya que sólo Él suple nuestras necesidades. La frase
“cada día”, indica que la oración para pedir la provisión debe ser diaria (Ex. 16:20); siendo un antídoto contra el afán y la ansiedad (Mt. 6:33)
Es necesario resaltar que esta es la petición de la provisión, a lo que la Biblia nos enseña que el Señor suplirá nuestras necesidades o de acuerdo a la versión Reina Valera Actualizada “lo que nos hace falta” (Fil. 4:19), es decir que, el Señor proveerá las cosas que necesitamos, no las que se piden por codicia, vanagloria o envidia (Stg. 4:1-3)
7. PERDÓNANOS NUESTRAS DEUDAS, COMO TAMBIÉN NOSOTROS HEMOS PERDONADO A NUESTROS
DEUDORES, Lucas 11:4
Perdón viene del griego “afesis” y denota despido, liberación y enviar fuera (Diccionario VINE), y tiene íntima relación con la fiesta del jubileo (Lv. 25:10), lo que implica perdón, restitución,libertad de la esclavitud, la devolución de las tierras.
La la oración conlleva perdón, como un requisito indispensable en dos sentidos:
A. Perdonar a nuestros deudores, Lc. 11:4
Está dirigido en sentido horizontal, es decir, hacia nuestros semejantes. Al momento de
levantar nuestra oración debemos tener presente que debemos perdonar al prójimo (Mt.
5:23-24). Por tanto al momento de perdonar, se despiden las ofensas, se liberta a las
personas y se les restituye.
B. Perdona nuestros pecados, Lc. 11:4
Está dirigido en sentido vertical, es decir, hacia Dios. La Biblia indica que todo el que dice que no peca hace a Dios mentiroso (1 Jn. 1:10), por lo que en el momento de la oración debemos reconocer que somos pecadores y solicitar el perdón de Dios (Lc. 18:13-14); habiendo anteriormente perdonado a las personas que nos hayan ofendido.
8. NO NOS METAS EN TENTACIÓN, MÁS LÍBRANOS DEL MAL, Lucas 11:4
La petición de ser librados de la tentación es importante porque se reconoce la incapacidad humana y la dependencia exclusiva de Dios para no pecar (Mateo 26:41)
La oración debe de ser una práctica continua de cada creyente. A través del ejemplo de oración, vemos la soberanía de Dios, porque solo de Él vienen las bendiciones y la fortaleza necesarias para mantenernos en constante victoria, mantiene la mente ocupada pensando en el Padre Eterno y prepara al creyente para una alabanza continua en la eternidad.

Nada es imposible para Dios

Dios te bendiga!!.Biblia01.gif (5722 bytes)


Lucas 1:37.
La oración no es una droga, es un tónico que cura el alma, sana los corazones quebrantados, cubre las heridas del alma, levanta los espíritus caídos, restaura al  que ha caído y trae descanso al afligido, no hay antídoto mejor para el que esta confundido, trae sabiduría al insensato, prudencia al sincero y poder al cristiano.


Sin ella no se puede vivir, comunicarme con Dios, platicar con Él y ser escuchado en su presencia que más grande privilegio buscamos, que el cielo nos ha respondido con su Hijo y éste nos ha permitido entrar al lugar a la casa de su Padre que es el nuestro, prosigamos clamando porque es en su presencia donde está nuestro socorro, nuestra ayuda, nuestro sostén.
Necesitamos urgentemente regresar a ese momento de sencillez y tranquilidad de comunión con nuestro Dios, el Creador de todas las cosas visibles e invisibles, cada momento nos invita a disfrutar de las bendiciones que preparó de antemano para que anduviésemos en ellas, Él es nuestra necesidad y la oración nos permite entablar una amistad con su Hijo.
El Padre nos ha provisto de todas las cosas para nuestro bien. La oración va más allá de vanas repeticiones y hermosas palabras. En ocasiones decimos lo que no queremos decir y hablamos lo que escuchamos de otros, eso no es orar. Orar es conocer la posición que tengo en la casa del Padre y expresar con sinceridad, humildad y sencillez lo que hay dentro de nuestro corazón, si hay dolor Dios lo sana, si tenemos ira el nos comprende, si tenemos aflicción nos consuela, entonces, no tenemos que buscar como convencerlo pues aun antes de que expongamos nuestra necesidad Él ya sabe que es lo que necesitamos.
La oración es insistente y constante, es un manantial de agua en tierra árida no se puede llegar a Dios ni alcanzar sus bendiciones mientras no conozcas la intimidad con Él.
La oración nos acerca a Dios, no se puede entablar una relación si no hay comunicación.
Nuestra comunión debe ser todos los días a cada instante de nuestra vida requerimos la voz de Dios, necesitamos su presencia en cada asunto de nuestra vida, como lo dice Pablo, el reino de los cielos no consiste en comida y bebida, sino en las cosas celestiales. No se puede hacer a un lado a Dios en las decisiones cotidianas y sencillas, la oración no solo es una salida de escape y emergencia en las necesidades. La oración es una herramienta para cada aspecto de nuestra vida, nos comunica con Dios, nos acerca a su trono y fortalece nuestra fe.
Pero no son los méritos personales los que nos acercan a Dios, es la confianza puesta en Jesús y la sujeción en obediencia a su Palabra.
No puede haber oración sincera si no hay total obediencia. Es cumplir con todas las cosas que Él ha mandado (Juan 15:14).
I. Importancia de la oración
          La oración en la vida del cristiano es indispensable para cualquier cosa, es en ella donde todas las cosas son posibles.
Jesús dijo: “Y todo lo que pidan en oración, creyendo, lo recibirán” (Mateo 21:22)
“Todo” nos da un panorama de una inagotable fuente de respuestas y soluciones aún aquello que parece imposible para nosotros para Dios no lo es. Pero tenemos que obedecer la regla y creer en la palabra que nos da Jesús como garantía de su obra:
“Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que busca halla; y al que llama se le abrirá” (Mateo 7:7-8)
Pero en ocasiones limitamos este gran versículo a nuestra forma de pensar y creemos que Dios no actúa a nuestro favor y vemos la palabra “casi” antes de “todo” y por nuestra frialdad en la oración damos por sentado que no era la voluntad de Dios darme lo que estaba pidiendo. Pero si Jesús dice que todo vamos a recibir es porque todo lo que pidamos lo podemos recibir.
Un aspecto importante en la vida de oración es nuestra conducta, nuestra vida respalda nuestras oraciones al Padre no le podemos convencer con palabras hermosas o vanas repeticiones lo que hace que nos acerquemos a su presencia es nuestra vida impregnada de Jesús, por eso las oraciones de los hijos de Dios son en el nombre de Jesús, tenemos un representante en el cielo y tenemos que ser como Él si deseamos ser atendidos.
Nuestra obediencia es la puerta para las respuestas de nuestra petición:
“Si permanecen en mí, y mis palabras permanecen en ustedes pidan lo que quieran y les será dado” (Juan 15:7)
Es la obediencia y nuestra vida la que hace y da cuerpo a nuestras oraciones. No se puede orar y esperar respuesta alguna si no estamos viviendo en obediencia y sujetos a la Palabra de Dios, la palabra que Jesús nos ha mandado.
La oración es insistente y constante, tiene un propósito firme y definido, es la actitud que tuvo Jacob, “no te dejaré hasta que me bendigas”, la oración es una lucha por conseguir todo lo que quieres, pero no me voy a levantar de este lugar hasta que tenga la respuesta.
Pero la mayoría de las veces nuestra oraciones son tan insípidas y sin objetivo, que no sabemos realmente que es lo que queremos, deseamos solo descansar de nuestro arduo día de trabajo y solo balbuceamos unas cuantas palabras antes de dormir y nunca conseguimos nada. Santiago nos lo advierte en su libro y nos dice “piden y no reciben… porque no saben pedir”.
Es la insistencia, la constancia y la perseverancia en la búsqueda de nuestro Dios, dador de todas las cosas, las que hacen que las bendiciones desciendan sobre nosotros.
II. Enséñanos a orar.
          Jesús nos enseña a orar. La oración no es algo fuera de lo común, ni tampoco es algo para que la gente a nuestro alrededor nos aplauda, es algo tan íntimo como la relación entre el padre y el hijo hay cosas que nadie va a saber solo ellos.
Jesús nos dice lo que no debemos hacer (Mateo 6:5-8)
1.      no ores para que la gente te vea.
2.    no uses vanas repeticiones
3.     no uses mucha palabrería.
Lo que debemos hacer es:
“Entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre que te ve en lo secreto te recompensará en público.” (Mateo 5:6)
No son las muchas palabras las que hacen que el cielo descienda sobre ti, no son las largas oraciones las que traen respuesta, no son las repeticiones las que te dan la certeza de que Dios esta contigo. Es la sencillez de corazón la que hace que el cielo se conmueva y la confianza en Dios lo que trae respuesta a tu aflicción.
Cuando Jesús enseña a orar a los discípulos da esta oración como ejemplo, no como la única oración que existe.
Mateo 6:6-9, Jesús da una oración, no un amuleto y en este ejemplo se ve lo cotidiano y lo sencillo de la oración.
La oración debe estar acompañada de fe, Jesús dice lo que pidan creyendo, creer es luchar por algo hasta que lo consigues, como aquella mujer sirofenicia que se le acercó a Jesús pidiendo sanidad y el Maestro la trato de perro, pero ella siguió insistiendo porque sabía que eso era solamente una prueba para su fe, tenía un objetivo y no se iba a mover hasta conseguirlo, aunque esto implicara luchar con Dios, pero salió con sus manos llenas y con su hija sanada, así como Jacob salió bendecido y transformado por Dios.
Jesús da una parábola en Lucas 18:1-8, acerca de la oración y como debe ser de insistente y perseverante, la viuda y el juez injusto nos da una enseñanza acerca del reino y sus bendiciones, el Señor da esta enseñanza ¿Y no hará Dios justicia a sus escogidos, que claman a Él de día y de noche? ¿Se tardará mucho en responderles?
La rapidez de nuestra respuesta está en la insistencia de nuestra oración. La oración debe tener objetivo y humildad. Sin esto no puede ser oración.
“Todo esto lo hizo mi mano, y así todas las cosas llegaron a ser, dice el Señor. Pero a éste miraré:
          Al que es humilde y contrito de espíritu, y que tiembla ante mi palabra.”
Isaías 66:2.

El maestro y la oración

Dios te bendiga!!.



Lucas 11.1–13 y 18.1–5. La oración es indispensable en la vida espiritual, y todos aquellos que de corazón procuran orar, pronto sienten la necesidad de ser enseñados acerca de su práctica. Por eso hubiera sido sorprendente que la oración no ocupara un lugar destacado entre los múltiples temas que Jesús enseñó a sus discípulos. ¿Qué otro tema cautivaría los pensamientos de un Maestro que, por excelencia, era hombre de oración, y que en ocasiones pasó noches enteras en oración en comunión con su Padre celestial? (Mt 14.23; Lc 6.12; Mr 1.35).
Resultan interesantes las circunstancias en las cuales Jesús dio esta lección, que fue en sí una respuesta a la oración. Un discípulo, muy probablemente uno de los Doce, después de oírlo orar le pidió: «Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos.» De manera incidental, tanto esta petición como la ocasión en que se hizo, nos ofrecen dos enseñanzas: De la ocasión entendemos que Jesús, además de orar mucho él solo y mantener una comunión personal y privada con su Padre, también oraba con sus discípulos, practicando la oración familiar como lo haría un jefe de hogar. De la petición por su parte, aprendemos que las oraciones públicas de Jesús eran admirables. Al oírlas, los discípulos se daban cuenta de su propia incapacidad, y a su término, instintivamente estaban dispuestos a pedir: «Señor, enséñanos a orar», como si ya sintieran vergüenza de orar con sus propias palabras débiles, vagas y entrecortadas.

Para todos
Estamos frente a una lección para cristianos en la etapa elemental de la vida divina, que se sienten incapaces de orar por carecer de claridad de pensamiento, de palabras apropiadas y sobre todo, de la fe que sabe esperar expectante. Esta enseñanza satisface tales necesidades sugiriendo temas y formas de lenguaje, y proveyendo argumentos convincentes a su débil fe. Ese era el estado de los Doce durante todo el tiempo que estuvieron con Jesús, hasta que él ascendió al cielo y descendió poder sobre ellos. Entonces les dio una lengua liberada y un corazón más amplio.
Los hombres que estaban destinados a ser apóstoles debían, como discípulos, experimentar más que la mayoría esa condición caótica de enmudecimiento, y de la fastidiosa pero saludable tarea de esperar en Dios. Deseaban de todo corazón recibir la luz, la verdad y la gracia que por mucho tiempo habían esperado.
Fue bueno para la Iglesia que sus primeros ministros necesitaran esta lección sobre la oración, porque hay un momento en la mayoría de quienes se consagran espiritualmente —quizá para todos— cuando esta enseñanza resulta muy oportuna. En la primavera de la vida espiritual, cuando florece la piedad, es posible que los cristianos oren con fluidez y fervor, sin avergonzarse por carecer de palabras, pensamientos o ciertos sentimientos. Sin embargo, esa feliz etapa pronto pasa, y es seguida por otra en la que la oración, a menudo, se convierte en una lucha impotente, en un gemido inarticulado, en una silenciosa espera ante Dios. Incluso se padecen dudas acerca de si Dios en verdad oye la oración o si es una actividad ociosa e inútil.
Este sentimiento no debe resultar extraño porque siempre resulta difícil soportar una demora, especialmente cuando se trata de bendiciones espirituales, objeto principal del deseo del cristiano, y Cristo así lo entiende. Los creyentes no deben sentirse frustrados por la demora, ni siquiera por la negación de meros bienes temporales, pues en ocasiones es preferible no recibirlos, o que su obtención no sea demasiado fácil e inmediata.
No obstante, la frustración más grande es desear con todo nuestro corazón el Espíritu Santo y no recibir —en apariencia— esa invalorable bendición; pedir luz y por el contrario, recibir una oscuridad más profunda; pedir fe y ser atormentados con dudas que socavan los cimientos de nuestras más preciadas convicciones; pedir santidad y encontrar que del mismo corazón surge la tentación hacia lo corrupto. Pero como todo cristiano experimentado sabe, todo lo anterior es parte de la disciplina que deben recibir quienes están en la escuela de Cristo antes de que vean cumplido el deseo de su corazón.

El Padre Nuestro
La enseñanza de Cristo sobre la oración, en respuesta al pedido del discípulo, consiste de dos partes. Primero se presenta una «formula» de oración y luego un argumento para sustentar la necesidad de perseverar en oración.
La oración comúnmente llamada el Padre Nuestro aparece en el Sermón del Monte como ejemplo de la forma correcta de orar, y se da como una lista de temas generales que comprenden todas las peticiones específicas. Podemos denominarlo el A-B-C de la oración. Abarca los elementos de todo deseo espiritual, resumidos en unas pocas oraciones selectas, para beneficio de aquellos que no puedan expresar sus crecientes deseos con lenguaje fluido. Consta en total de seis peticiones: las primeras tres, como era apropiado, se refieren a la gloria de Dios y las tres restantes, al bien del hombre.
No podemos saber hasta qué punto los discípulos utilizaron esta bella oración, sencilla pero profundamente significativa. Sin embargo, no existe razón para pensar que el Padre Nuestro, aunque de valor permanente como parte de la enseñanza de Cristo, fuera enseñado como un método preciso y obligatorio para dirigirse al Padre celestial. Más bien, era una ayuda para los discípulos sin experiencia, no una regla impuesta a los apóstoles. Aun después de haber logrado la madurez espiritual, los Doce podían usar esta forma si lo
deseaban, y posiblemente lo hicieron ocasionalmente, pero Jesús esperaba que cuando llegaran a ser maestros en la Iglesia, dejarían de usarla como ayuda devocional. Entonces, llenos del Espíritu, con mayor amplitud de corazón y maduros en su entendimiento espiritual, serían capaces de orar como lo hacía su Señor cuando estaba con ellos.
Se desprende de estas instrucciones sobre la oración que Jesús no le daba mucha importancia al formato que proveyó. Es más, pareciera que lo considera un simple remedio temporal para un mal menor —la falta de expresión—, el cual desaparecería cuando el problema más grande —la falta de fe— fuera solucionado. Esto es claro porque la mayor parte de la lección tiene como objetivo ser un antídoto contra la incredulidad.
La importunidad
La segunda parte de esta lección tiene por objeto transmitir la misma enseñanza que la introducción de la parábola del juez injusto: la necesidad de «orar siempre y no desmayar». La supuesta causa de desfallecer en la oración también es la misma, es decir, la demora por parte de Dios en responder a nuestras oraciones.
Ambas parábolas de Jesús procuran señalar el poder de la importunidad en las circunstancias más adversas, para inculcar la perseverancia en la oración. Los dos personajes a los que se apela son malos: uno es mezquino y el otro, injusto, y de ninguno de ellos se ha de ganar algo, excepto al apelar a su egoísmo. El propósito de la parábola, en ambos casos, es que la importunidad tiene tal poder de irritación que logra su objetivo.
Partiendo de la premisa de que la demora produce desánimo y de que el objetivo del deseo es el Espíritu Santo, la situación espiritual que se contempla en el argumento queda definida en forma fehaciente. Por tanto, el objetivo del Maestro es socorrer y alentar a aquellos quienes sienten que la obra de la gracia en ellos es lenta, que se preguntan por qué es así y se lamentan por ello. Entendemos que en ese estado estaban los Doce cuando recibieron esta lección.
En este caso, el argumento empleado por Jesús para inspirar esperanza y confianza en sus desalentados discípulos en cuanto al cumplimiento final de sus deseos, se caracteriza por ser audaz, cordial, sabio y con fuerza lógica.
La audacia se evidencia en la elección de las ilustraciones. Jesús tenía tal confianza en la bondad de su causa, que trata el caso de la manera menos ventajosa para él, seleccionando para sus ilustraciones a personas que no eran buenos ejemplos de virtud. Alguien que responde al pedido de un vecino con esta respuesta: «No me molestes; la puerta ya está cerrada y mis niños están conmigo en cama; no puedo levantarme para darte algo», provocaría el desprecio de sus conocidos. Sin duda, se convertiría en un sinónimo de todo lo que es mezquino y desalmado.
La misma disposición de tomar un caso extremo se observa en el segundo argumento, extraído de la conducta de padres hacia sus hijos. «¿Qué hombre de vosotros…?» —con estas palabras comienza Jesús su enseñanza. No le importa cuál padre elegirán; es más, está dispuesto a tomar como ejemplo al que ellos quisieran, tanto al peor de todos como al mejor, porque el argumento no depende de la bondad del padre, sino de su carencia de ella. Su propósito es demostrar que solamente un padre excepcionalmente malo haría algo tan indigno y tan repugnante a todos.
De modo que podemos observar cómo Jesús conoce los pensamientos duros que tienen de Dios aquellos cuyos deseos él no ha cumplido y dudan de su bondad o consideran que es indiferente, desamorado e injusto. Por medio de los casos que presenta, él demuestra cuán íntimamente conoce los pensamientos secretos de las personas. El mal trato del amigo, el padre anormal y el juez injusto no ilustran lo que Dios es, o cómo él quiere que lo consideremos, sino el concepto que a veces tienen de él incluso hasta los mismos creyentes.
Jesús no solo conoce a estas personas, sino que también las entiende y las trata como individuos débiles que necesitan comprensión, consejo y ayuda. Al satisfacer estas necesidades, él baja al nivel de lo que ellos sienten y trata de mostrar que, aunque las cosas fueran como parecen, no hay motivo para desesperar.
Además, al partir del concepto que tienen de Dios también argumenta que deben seguir teniendo esperanza en él. En efecto, afirma: «Suponiendo que Dios es como lo imaginan, indiferente y desamorado, igual sigan orando y observen, en el ejemplo que les doy, el efecto que la perseverancia puede tener. Pidan como pidió el hombre que quería panes y también recibirán de aquel que ahora parece no oír sus peticiones. Reconozco que las apariencias pueden ser muy desfavorables, pero no más en el caso de ustedes que en el ejemplo de la parábola. Sin embargo, pueden observar lo que logró por no desanimarse tan fácilmente.»
La sabiduría del Maestro
Al tratar con las dudas de sus discípulos Jesús demuestra su sabiduría y evita elaboradas explicaciones por la demora en recibir respuesta a la oración. Escoge además ciertos argumentos adaptados a la capacidad de quienes eran débiles en la fe y en el entendimiento espiritual. No intenta mostrar por qué la santificación es un proceso lento y tedioso, no un acto momentáneo, ni tampoco pretende señalar por qué recibimos al Espíritu en forma gradual y limitada, en lugar de una sola vez y sin medida. Sencillamente insta a su audiencia a buscar al Espíritu Santo con perseverancia, asegurándole que, a pesar de la demora que los pone a prueba, al final sus deseos serán satisfechos.
El Maestro siguió este método no por necesidad, sino por elección. El hecho de que no intentara justificar las demoras divinas para la providencia y la gracia no significa que le era imposible explicarlo. Había muchas enseñanzas que Cristo pudo haberles dado a sus discípulos en ese momento si las hubieran podido comprender. Más tarde, después que el Espíritu de verdad vino sobre ellos, los guió a toda verdad y les hizo conocer el secreto del camino de Dios. Incluso, ellos mismos expresaron algunas de ellas.
En aquel momento, aunque hubieran sido justas y apropiadas, las explicaciones se habrían desperdiciado dado el estado espiritual de los discípulos. Los niños no entienden el proceso de crecimiento, sea en naturaleza o en gracia. Ellos desean que una bellota de inmediato se convierta en un roble y que de la flor aparezca inmediatamente después el fruto maduro. Por eso es inútil hablar de los beneficios de la paciencia a los faltos de experiencia, porque el valor moral de la prueba de disciplina no se puede apreciar hasta que esta haya pasado. Por lo tanto, Jesús se abstuvo por completo de hacer reflexiones de ese tipo, y adoptó un estilo de razonamiento simple y popular que incluso un niño podía entender
Si bien es muy sencillo el razonamiento de Jesús también es contundente y concluyente. El primer argumento, contenido en la parábola del amigo mezquino, es el más adecuado para inspirar esperanza en Dios. En efecto, lo que está diciendo es: «El hombre que quería los panes siguió llamando con más y más fuerza, con una importunidad de la que no se avergonzaba, e insistió hasta lograr su objetivo; el amigo egoísta finalmente se levantó y proveyó lo solicitado solo para su propia comodidad, pues era imposible dormir con semejante disturbio. Del mismo modo sigan ustedes llamando a las puertas del cielo y obtendrán sus deseos aunque solo sea para que no molesten más. Vean en esta parábola el poder que tiene la importunidad, aun en la hora menos propicia (la medianoche) y con la persona menos prometedora, que prefiere su propia comodidad al bien de un amigo. Por tanto, pidan con persistencia y les será dado; busquen, y hallarán; llamen, y se les abrirá.»
De alguna manera, este argumento tan patético parece débil. En la parábola, quien pide tenía el poder de molestar al vecino egoísta y no dejarlo dormir. En la vida cotidiana, el discípulo que está siendo probado y requiere consuelo de Jesús podría responder: «¿cómo puedo yo molestar a Dios, que mora en las alturas, en dicha imperturbable, fuera de mi alcance?» Es muy factible que del sutil espíritu de desaliento surja esta objeción, la cual no es frívola, pero en realidad no existe analogía en este punto. Podemos fastidiar a alguna persona, como al amigo mezquino que estaba descansando o al juez injusto, pero es imposible irritar a Dios. La parábola no sugiere la verdadera explicación de la demora divina o del éxito final de la importunidad. Solo demuestra, por medio de una situación doméstica, que sea cual fuere la causa de la demora, la aparente negación no es la respuesta final y por lo tanto, no constituye una buena razón para dejar de pedir.
¿Qué camino debe seguirse entonces? Debemos recurrir a la fuerte aseveración de Jesús al finalizar la parábola: «Y yo os digo: pedid y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.» Aun aquellos que dudan que la oración sea razonable debido a la constancia de las leyes de la naturaleza y a la inmutabilidad de los propósitos divinos, pueden confiar en la afirmación de Cristo de que la oración no es en vano, tanto por el pan de cada día como por asuntos más elevados. Es posible que tales personas desprecien la parábola por parecerles infantil, o digan que aplica crudos sentimientos humanos a la divinidad, pero no pueden, de ninguna manera, despreciar las declaraciones deliberadas de aquel a quien ellos consideran el más sabio y mejor de los hombres.
La bondad de Dios
El segundo argumento empleado por Jesús para instar a la perseverancia en la oración es la apelación a un absurdo. Quien piense que Dios se niega a escuchar las oraciones de sus hijos, o, peor aun, que se burlaría de ellos dándoles algo superficialmente parecido a lo que le han pedido, o les causaría una amarga decepción cuando descubrieran el engaño, está infiriendo que él es tan malo como el más depravado de los hombres.
La fuerza de este argumento es que el hombre promedio no es diabólico, y solo un espíritu diabólico de maldad podría inducir a un padre a burlarse del sufrimiento de un niño o a darle, en forma deliberada, substancias llenas de daño mortal. Si los padres terrenales, aunque malos en muchos aspectos, dan a sus hijos solo buenas dádivas (a su criterio) y se muestran horrorizados ante cualquier otro trato, ¿es posible pensar que el Ser Divino, la Providencia, actuaría de una forma solo adjudicable a los demonios?
Por el contrario, lo que es apenas posible en el hombre, en Dios no es ni remotamente viable. Con toda seguridad él solo dará dádivas buenas a sus hijos cuando se lo pidan y hasta dará su mejor regalo, aquel que sus verdaderos hijos desean por sobre todas las cosas: el Espíritu Santo, el que ilumina y santifica. Por tanto, otra vez les digo: «Pidan, y se les dará; busquen, y hallarán; llamen, y se les abrirá.»
Sin embargo, el hecho de que Cristo presente casos como el de una piedra entregada en vez de pan, una serpiente en lugar de un pez o un escorpión por un huevo, implica que, algunas veces, pareciera que Dios tratara así a sus hijos. De hecho, así pensaron los Doce en cuanto a uno de los temas que les interesaba, la restauración del reino de Israel. Su experiencia ilustra esta verdad: cuando Aquel que escucha la oración parece tratar a sus siervos en forma anormal, es porque ellos no han entendido la naturaleza del bien ni saben lo que están pidiendo. Pidieron una piedra pensando que era pan y en consecuencia, el verdadero pan les parece una piedra. Pidieron una sombra pensando que era una sustancia y como resultado, la sustancia parece una sombra. El reino por el que los Doce oraban era una sombra, de modo que cuando Jesús fue ejecutado quedaron decepcionados y desesperados: el huevo de la esperanza que su preciada imaginación había estado incubando dio a luz al escorpión de la cruz, e imaginaron que Dios se había burlado de ellos y los había engañado.
Sin embargo, pudieron ver luego que Dios era fiel y bueno, que se habían engañado a sí mismos y que todo lo que Cristo les había dicho se había cumplido. Todos los que esperan en Dios al final hacen un descubrimiento similar y juntos testifican: «Bueno es Jehová a los que en él esperan, al alma que le busca» (Lm 3.25).