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lunes, 25 de abril de 2011

Nada es imposible para Dios

Dios te bendiga!!.Biblia01.gif (5722 bytes)


Lucas 1:37.
La oración no es una droga, es un tónico que cura el alma, sana los corazones quebrantados, cubre las heridas del alma, levanta los espíritus caídos, restaura al  que ha caído y trae descanso al afligido, no hay antídoto mejor para el que esta confundido, trae sabiduría al insensato, prudencia al sincero y poder al cristiano.


Sin ella no se puede vivir, comunicarme con Dios, platicar con Él y ser escuchado en su presencia que más grande privilegio buscamos, que el cielo nos ha respondido con su Hijo y éste nos ha permitido entrar al lugar a la casa de su Padre que es el nuestro, prosigamos clamando porque es en su presencia donde está nuestro socorro, nuestra ayuda, nuestro sostén.
Necesitamos urgentemente regresar a ese momento de sencillez y tranquilidad de comunión con nuestro Dios, el Creador de todas las cosas visibles e invisibles, cada momento nos invita a disfrutar de las bendiciones que preparó de antemano para que anduviésemos en ellas, Él es nuestra necesidad y la oración nos permite entablar una amistad con su Hijo.
El Padre nos ha provisto de todas las cosas para nuestro bien. La oración va más allá de vanas repeticiones y hermosas palabras. En ocasiones decimos lo que no queremos decir y hablamos lo que escuchamos de otros, eso no es orar. Orar es conocer la posición que tengo en la casa del Padre y expresar con sinceridad, humildad y sencillez lo que hay dentro de nuestro corazón, si hay dolor Dios lo sana, si tenemos ira el nos comprende, si tenemos aflicción nos consuela, entonces, no tenemos que buscar como convencerlo pues aun antes de que expongamos nuestra necesidad Él ya sabe que es lo que necesitamos.
La oración es insistente y constante, es un manantial de agua en tierra árida no se puede llegar a Dios ni alcanzar sus bendiciones mientras no conozcas la intimidad con Él.
La oración nos acerca a Dios, no se puede entablar una relación si no hay comunicación.
Nuestra comunión debe ser todos los días a cada instante de nuestra vida requerimos la voz de Dios, necesitamos su presencia en cada asunto de nuestra vida, como lo dice Pablo, el reino de los cielos no consiste en comida y bebida, sino en las cosas celestiales. No se puede hacer a un lado a Dios en las decisiones cotidianas y sencillas, la oración no solo es una salida de escape y emergencia en las necesidades. La oración es una herramienta para cada aspecto de nuestra vida, nos comunica con Dios, nos acerca a su trono y fortalece nuestra fe.
Pero no son los méritos personales los que nos acercan a Dios, es la confianza puesta en Jesús y la sujeción en obediencia a su Palabra.
No puede haber oración sincera si no hay total obediencia. Es cumplir con todas las cosas que Él ha mandado (Juan 15:14).
I. Importancia de la oración
          La oración en la vida del cristiano es indispensable para cualquier cosa, es en ella donde todas las cosas son posibles.
Jesús dijo: “Y todo lo que pidan en oración, creyendo, lo recibirán” (Mateo 21:22)
“Todo” nos da un panorama de una inagotable fuente de respuestas y soluciones aún aquello que parece imposible para nosotros para Dios no lo es. Pero tenemos que obedecer la regla y creer en la palabra que nos da Jesús como garantía de su obra:
“Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que busca halla; y al que llama se le abrirá” (Mateo 7:7-8)
Pero en ocasiones limitamos este gran versículo a nuestra forma de pensar y creemos que Dios no actúa a nuestro favor y vemos la palabra “casi” antes de “todo” y por nuestra frialdad en la oración damos por sentado que no era la voluntad de Dios darme lo que estaba pidiendo. Pero si Jesús dice que todo vamos a recibir es porque todo lo que pidamos lo podemos recibir.
Un aspecto importante en la vida de oración es nuestra conducta, nuestra vida respalda nuestras oraciones al Padre no le podemos convencer con palabras hermosas o vanas repeticiones lo que hace que nos acerquemos a su presencia es nuestra vida impregnada de Jesús, por eso las oraciones de los hijos de Dios son en el nombre de Jesús, tenemos un representante en el cielo y tenemos que ser como Él si deseamos ser atendidos.
Nuestra obediencia es la puerta para las respuestas de nuestra petición:
“Si permanecen en mí, y mis palabras permanecen en ustedes pidan lo que quieran y les será dado” (Juan 15:7)
Es la obediencia y nuestra vida la que hace y da cuerpo a nuestras oraciones. No se puede orar y esperar respuesta alguna si no estamos viviendo en obediencia y sujetos a la Palabra de Dios, la palabra que Jesús nos ha mandado.
La oración es insistente y constante, tiene un propósito firme y definido, es la actitud que tuvo Jacob, “no te dejaré hasta que me bendigas”, la oración es una lucha por conseguir todo lo que quieres, pero no me voy a levantar de este lugar hasta que tenga la respuesta.
Pero la mayoría de las veces nuestra oraciones son tan insípidas y sin objetivo, que no sabemos realmente que es lo que queremos, deseamos solo descansar de nuestro arduo día de trabajo y solo balbuceamos unas cuantas palabras antes de dormir y nunca conseguimos nada. Santiago nos lo advierte en su libro y nos dice “piden y no reciben… porque no saben pedir”.
Es la insistencia, la constancia y la perseverancia en la búsqueda de nuestro Dios, dador de todas las cosas, las que hacen que las bendiciones desciendan sobre nosotros.
II. Enséñanos a orar.
          Jesús nos enseña a orar. La oración no es algo fuera de lo común, ni tampoco es algo para que la gente a nuestro alrededor nos aplauda, es algo tan íntimo como la relación entre el padre y el hijo hay cosas que nadie va a saber solo ellos.
Jesús nos dice lo que no debemos hacer (Mateo 6:5-8)
1.      no ores para que la gente te vea.
2.    no uses vanas repeticiones
3.     no uses mucha palabrería.
Lo que debemos hacer es:
“Entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre que te ve en lo secreto te recompensará en público.” (Mateo 5:6)
No son las muchas palabras las que hacen que el cielo descienda sobre ti, no son las largas oraciones las que traen respuesta, no son las repeticiones las que te dan la certeza de que Dios esta contigo. Es la sencillez de corazón la que hace que el cielo se conmueva y la confianza en Dios lo que trae respuesta a tu aflicción.
Cuando Jesús enseña a orar a los discípulos da esta oración como ejemplo, no como la única oración que existe.
Mateo 6:6-9, Jesús da una oración, no un amuleto y en este ejemplo se ve lo cotidiano y lo sencillo de la oración.
La oración debe estar acompañada de fe, Jesús dice lo que pidan creyendo, creer es luchar por algo hasta que lo consigues, como aquella mujer sirofenicia que se le acercó a Jesús pidiendo sanidad y el Maestro la trato de perro, pero ella siguió insistiendo porque sabía que eso era solamente una prueba para su fe, tenía un objetivo y no se iba a mover hasta conseguirlo, aunque esto implicara luchar con Dios, pero salió con sus manos llenas y con su hija sanada, así como Jacob salió bendecido y transformado por Dios.
Jesús da una parábola en Lucas 18:1-8, acerca de la oración y como debe ser de insistente y perseverante, la viuda y el juez injusto nos da una enseñanza acerca del reino y sus bendiciones, el Señor da esta enseñanza ¿Y no hará Dios justicia a sus escogidos, que claman a Él de día y de noche? ¿Se tardará mucho en responderles?
La rapidez de nuestra respuesta está en la insistencia de nuestra oración. La oración debe tener objetivo y humildad. Sin esto no puede ser oración.
“Todo esto lo hizo mi mano, y así todas las cosas llegaron a ser, dice el Señor. Pero a éste miraré:
          Al que es humilde y contrito de espíritu, y que tiembla ante mi palabra.”
Isaías 66:2.

domingo, 1 de noviembre de 2009

PRINCIPIOS DE FE 4ª Parte : PRINCIPIO DE CLARIDAD

Dios te bendiga!!.

Siempre que alguien se acercó a Jesús para recibir algo de él, lo hizo sabiendo exactamente lo que quería.

Esto que parece ser a primera vista obvio, es un principio inmutable de fe, y, al no estar presente, llega ser uno de los más grandes obstáculos que encuentra Dios para derramar sus promesas sobre nosotros. No sabemos lo que queremos, estamos divididos en nuestro corazón, y finalmente no tenemos claridad.
Si vamos a recibir de Dios necesitamos tener claridad.
Este principio podría haber sido trabajado en primer lugar, pues necesitamos claridad como despegue para nuestro creer, pero teniendo el contexto de los otros principios ya trabajados: mandamiento–promesa, compromiso y anticipación, el principio de claridad adquirirá mayor apoyo y fuerza en los anteriores.
Cuando hablamos del principio de claridad, hablamos de dos aspectos fundamentales:

1 - CLARIDAD EN LA PROMESA Y EL MANDAMIENTO
Si vamos a recibir de Dios necesitamos saber qué está disponible de parte de Dios y cómo recibirlo.
Esto nos remite nuevamente al principio trabajado en la primera parte: mandamiento – promesa.
Hay cosas que están disponibles de parte de Dios y hay otras que simplemente no lo están.
Aquello disponible de parte de Dios se descubre en la Biblia, específicamente en las promesas declaradas en ella para nosotros.
Pero no sólo Dios nos declara sus promesas para que sepamos qué está disponible, sino además nos muestra el camino para recibirlas con sus mandamientos.
La primera epístola de Juan es inequívoca cuando habla de recibir por fe:
1 Juan 5:14

Y esta es la confianza que tenemos en él [el hijo de Dios], que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye.


Si nosotros vamos a Jesús y pedimos alguna cosa, nuestra confianza descansa en que estamos pidiendo conforme a su voluntad.
Yo podría estar pidiendo algo que no está disponible y orar hasta caer extenuado sin recibir respuesta ¿Qué pasó? Simplemente, no había ninguna promesa que respaldara mi petición.
Necesitamos estar claros en las promesas de Dios, pues ellas son su voluntad.
Jesús hizo siempre la voluntad de Dios, así que lo que Jesús promete, es lo que Dios promete, lo que Jesús respalda es lo que el Padre respalda.
El versículo siguiente involucra otro principio de fe:

1 Juan 5:15

Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa [conforme a su voluntad] que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho.

Aquí está el principio de anticipación, no dice que tendremos las peticiones, sino que ya las tenemos, pues cuando Dios lo declaró, fue sí en Cristo y al pedirlo con fe, Él tiene nuestro amén.
Recordemos que nuestro amén es la declaración propia de fe en la veracidad de Dios declarada y en su fidelidad para cumplirla. Es por esto que Juan dice:

1 Juan 5:10-12

10 El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo; el que no cree a Dios, le ha hecho [considerado] mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo.
11 Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo.
12 El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida.

Algunas personas se enojan al leer esté versículo o se indignan si alguien se los menciona, por la radicalidad con la que están expresados.
De hecho, lo he escuchado poco en las prédicas cristianas.
Las palabras de Juan no admiten otro camino, no admiten otra verdad, ni otro Dios, ni otro Salvador.
Declara la promesa y el único mandamiento que abre la puerta a recibirla.
Básicamente todo ser humano alberga el clamor de corazón de vivir para siempre.
Sobre este clamor se han edificado las religiones del mundo. Juan dice: hay una promesa de Dios que nos habilita a recibir el don de la vida eterna, la promesa más grande que Dios nos haya hecho, y hay un mandamiento que lo hace efectivo: Creer el testimonio que Dios ha dado acerca de su hijo, a saber, que es el Señor y que Dios lo levanto de entre los muertos (Romanos 10:9).
El tema que nos ocupa es el entendimiento de los principios de fe para recibir las promesas de Dios, así que tomaremos como ejemplo el principio que desarrolla Juan, pues se cumple para cada promesa de Dios.
Supongamos que yo deseo la vida eterna, tengo el clamor genuino en mi corazón de algo bueno, algo que es la voluntad de Dios para la gente. Supongamos que en mi búsqueda de la vida eterna me involucro en cualquier movimiento espiritual que no considera a Jesús como Señor ni acredita su resurrección.
Según la Biblia, al faltar mi “amén”, esto es, mi declaración propia que de fe en la veracidad de Dios acerca del testimonio que Él ha dado acerca de su hijo y la fidelidad de Dios para cumplir su promesa por ese camino, la promesa no se cumple y no tengo la vida.
De aquí la importancia de predicar el evangelio en todo tiempo, que es dar voces en el mundo acerca de la verdad de Dios y de su fidelidad para respaldarla con su poder.
Lo mismo es con toda promesa de Dios.
Yo estoy esclavizado económicamente, sin recursos, sufriendo escasez material, y pido a Dios liberación, lo cual es su voluntad declarada en 3ª Juan 2.

Entonces me dirijo a un casino y busco que la suerte me acompañe para prosperar.
El deseo es genuino, pero el camino errado.
La promesa está, pero se ha ignorado el mandamiento.
Según Isaías 65:11 los juegos de azar representados en “Fortuna” y “Destino” (términos incluso muy utilizados hoy en los juegos de azar), no son el camino de Dios, más aún, son cosas que Él detesta.
Podrá eventualmente aparecer algún resultado, pero el balance final será dolor.
Si buscamos prosperidad genuina de Dios, debemos adherirnos a los mandamientos de Dios para tal fin, los cuales involucran trabajar honestamente, ser generoso con los pobres y reconocer a Dios con ofrendas para su obra.
Así es con cada promesa, hay mandamientos específicos que nos habilitan a recibir las promesas específicas.
La Biblia se constituye así en nuestra fuente primera
para conocer qué está disponible de parte de Dios y cómo recibirlo.
El segundo aspecto fundamental en el principio de claridad es el que tiene que ver, no con el “sí” de Dios, sino con nuestro “amén”:

2 - CLARIDAD EN LO QUE NOSOTROS QUEREMOS
Sorprendentemente es aquí donde muchos fallamos.
Sabemos lo que Dios quiere, aún sabemos cómo recibirlo, pero la pregunta es… ¿sabemos nosotros lo que queremos?
Cuando nuestros deseos se alinean con los anhelos de Dios, cuando nuestro amén fluye con el sí de Dios… las respuestas llueven sobre nosotros.
Aquí no hablamos sólo de la claridad de Dios en sus promesas y mandamientos sino de nuestra claridad en lo que nosotros queremos.
Dios declaró el clamor de su corazón para su pueblo de esta manera:

Deuteronomio 5:29

¡Quién diera que tuviesen tal corazón, que me temiesen y guardasen todos los días todos mis mandamientos, para que a ellos y a sus hijos les fuese bien para siempre!

Casi podemos oír la voz de Dios al leer este versículo expresando su profundo deseo de poder bendecir a su pueblo sin reservas.
Cuando los que somos suyos guardamos sus mandamientos recibimos las fuentes de bendiciones preparadas para nosotros que se resume en la promesa “que nos vaya bien para siempre”.
Dios quiere, el punto ahora es lo que nosotros queremos.

Dios quiere darle vida eterna ¿usted quiere recibirla?

Dios quiere sanarlo ¿usted quiere sanarse?

Dios quiere prosperarlo ¿usted lo quiere?

Jesús está a la puerta y llama ¿usted quiere cenar con él?

Sucede que a veces no sabemos muy bien que pedirle a Dios, no sabemos muy bien lo que queremos, no terminamos de tener convicción, la enorme cantidad de destellos que el mundo nos presenta nos divide notablemente.
El término griego que el Nuevo Testamento utiliza para este fenómeno es: merimna, un derivado de merizo que literalmente es ser atraído en diferentes direcciones.
Merimna, se traduce generalmente como preocupación y afán.
Es la palabra que utiliza Lucas al mencionar la respuesta de Jesús a Marta que estaba limpiando la casa mientras él estaba conversando con su hermana María.
Marta se enojó y le dijo a Jesús que tome cuidado de la situación, ella estaba trabajando y su hermana sólo se dedicaba a escucharlo a él:

Lucas 10:41,42

41 Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada [merimnao] y turbada estás con muchas cosas.
42 Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada.

Afanada con “muchas cosas”… pero solo “una cosa” es necesaria.
Las muchas cosas nos bifurcan el corazón, lo dividen en fragmentos más pequeños y con menos poder, con menos claridad.
Marta estaba funcionando en automático, como lo hacemos nosotros a menudo, haciendo, haciendo, haciendo… ¿para qué?... no lo sabemos, pero hay que hacer.
Y pasa Jesús por casa y ni siquiera podemos sentarnos a sus pies a escucharlo.
Viene a nuestra puerta y llama pero hay tantas cosas en nuestra cabeza que no lo escuchamos y se queda afuera.
Principio de claridad: un corazón enfocado en una sola cosa es clave para recibir de Dios.

EJEMPLO PRÁCTICO DEL PRINCIPIO
Veamos un registro en los evangelios donde el principio de claridad se hará evidente ante nuestros ojos, de manera que nosotros también podamos ponerlo en práctica y al igual que aquellos que se acercaron a él, encontremos lo que buscamos:

Mateo 8:5-8

5 Entrando Jesús en Capernaum, vino a él un centurión, rogándole,
6 y diciendo: Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, gravemente atormentado.
7 Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré.
8 Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará.

El centurión podría haber acudido a Esculapio, el dios romano de la curación, o podría haber ido a rezar al templo de Apolo el dios de la medicina, pero acudió a Jesús, fue a la fuente verdadera.
Sabía quién era Jesús, creía en Jesús, confiaba en su voluntad y poder para sanar y por eso se acercó a él.
Ni siquiera fue a una sinagoga, aunque había construido una para los judíos. Sabía lo que quería, sabía que estaba disponible y sabía quién podía suplirlo.
Jesús inmediatamente responde al pedido del centurión.
La fe lo atrae, lo mueve, lo maravilla.
Lo mismo sucederá en su vida cuando acuda a él con fe.
Note que el centurión le sugiere a Jesús cómo sanarlo.
En su profunda fe y humildad le dice que ni siquiera es necesario que vaya hasta su casa, sino que solamente diga la palabra, que declare la promesa y sería suficiente.
Jesús podría haber dicho: “Amigo, aquí el que dice como hacer las cosas soy yo, voy a poner mi mano en la parte enferma, voy a decir tal y cual cosa y entonces se sanará.
Usted pídame, pero déjeme a mi hacer el trabajo a mi manera”. Sin embargo Mateo registra otra cosa:



Mateo 8:10,13

10 Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe.
13 Entonces Jesús dijo al centurión: Ve, y como creíste, te sea hecho. Y su criado fue sanado en aquella misma hora.

Siempre me llamó la atención este relato, Jesús no sólo honró la fe del centurión en cuanto su petición sino incluso en cómo llevarlo a cabo. Jesús hizo lo que el centurión dijo.
No fue a la casa como pensaba hacer, sino que dijo la palabra tal como el hombre le sugirió.
Yo pensaba que todo tenía que ser como Jesús dice, pero aquí veo que se hace como el que pide dice.
Todo lo que el centurión pidió fluyó de un corazón lleno de fe, a tal punto que maravilló al hombre más grandioso en fe que haya caminado sobre la tierra.
Si Maradona se maravilla de una jugada mía, seguramente que tiene que ser muy, pero muy buena.
Este hombre le causó sorpresa con su fe al varón de fe de todo el universo.
El punto que quiero destacar aquí, es que Jesús no espera que seamos guiados por él en todos y cada uno de los aspectos que hacen al recibir las promesas, espera que participemos con nuestra iniciativa, que seamos artífices de lo queremos, siempre y cuando fluya con la voluntad de Dios y él lo honrará haciendo lo que decimos.
Nos encontramos diciendo: “Señor, haz tu voluntad en mí”.
Eso está muy bien, pero ¿qué sucede si nos pasamos toda la vida en esa postura, esperando que el Señor haga su voluntad en nosotros?
¿No será que él está esperando que le digamos qué es lo que queremos para honrar nuestra fe?
Le preguntamos: “Señor ¿Qué quieres para mi vida? Y el Señor nos responde: “¿Qué es lo que quieres tú?”, y tal vez nos encontremos con que en realidad no lo sabemos con claridad.
Aquí es donde debemos comenzar a trabajar en nuestro corazón considerando la Palabra de Dios para decidir que es lo que realmente queremos.
Cuando lo sepamos, si fluye con la voluntad de Dios, es hora de ponerse en marcha, el Señor honrará la acción de fe.
Queremos un trabajo y decimos, “cualquier cosa Señor, lo que tú quieras”.
Falta compromiso, falta involucramiento.
El Señor dice: “Yo quiero que trabajes, pero en lo que quieres trabajar te pertenece, ve a buscar lo que quieres y yo estaré allí para suplir lo que necesites”.
Disfrazar la flojera en la fe con una capa de obediencia abnegada y pasiva, no es el ejemplo que vemos de la gente de fe en la Biblia.
Queremos servir en la Iglesia y oramos: “lo que sea Señor, lo que tu quieras”.
Pero no es una declaración comprometida, estamos poniendo en manos del Jesús lo que debe estar en las nuestras.
Decidamos en primer lugar si realmente tenemos el compromiso de servir, decidamos donde queremos servir, y hagámoslo, el Señor honrará la acción de fe.
Tenemos mandamientos y promesas para el servicio, Dios ya nos ha dado su “si” en Cristo, ¿qué más quiere el Padre que lo sirvamos?
Lo que debemos revisar es si existe nuestro propio compromiso, de ser así, involucrarnos con él, llamar la atención de Jesús, asumir riesgos si fuera necesario, y Jesús estará allí para darnos conforme a nuestra fe como lo hizo una y otra vez con los que acudieron a él.
Más aún, Cristo ya nos revistió de todo lo necesario para el servicio, ya hizo de nosotros ministros suficientes para la gran obra que quiere llevar adelante en el mundo, es sólo cuestión de aplicar los principios de fe, estirar la mano, y nos será hecho lo que anhelamos conforme a la voluntad de Dios.
El principio inmutable de fe de claridad nos dice que si queremos recibir de Jesús, necesitamos en primer lugar estar claros en las promesas y los mandamientos de Dios, ¿qué es lo que Él quiere? Y en segundo lugar estar claros en cuanto a nuestra propia voluntad ¿qué es lo que yo quiero?
Jesús no dio por sentado que la gente que venía a él, quería ser sana, libre, salva; les preguntó que querían antes de ministrarles.
A Bartimeo el ciego le dijo: ¿qué quieres que te haga?; al paralítico de Betesda: ¿quieres ser sano?; a los discípulos de Juan que lo siguieron al comenzar su ministerio les preguntó: ¿Qué buscáis?.
Para finalizar un buen ejercicio que puede hacer es tomar papel y lápiz y dejar por escrito para usted mismo, las siguientes preguntas y sus respuestas:


1. ¿Qué quiero para mi vida:

a) laboral

b) familiar

c) espiritual

d) de servicio en la Iglesia?

2. ¿Fluyen mis deseos con la voluntad de Dios reflejada en sus promesas?
3. Si fluyen con su voluntad, la tercera pregunta es: ¿Cuáles son los mandamientos que debo aplicar que abren las ventanas de los cielos para que Dios cumpla su promesa en mi vida?

Creer es algo práctico, que tiene estructura, no es simplemente esperar que pasen ciertas cosas pasivamente, se trata de conocer los principios involucrados y aplicarlos.
Creer no depende ni remotamente del azar, depende de la acción comprometida del que cree y del poder de Dios liberado por esa fe.

By Pablo Seghezzo
http://www.reconciliar.org

PRINCIPIOS DE FE 3º Parte Principio de anticipación

Dios te bendiga!!.

Habiendo trabajado el principio inmutable del compromiso podemos avanzar sobre el principio de anticipación. Recordemos que llamamos un principio inmutable a aquello que está siempre presente al creer.

CREER PARA VER
Cada vez que alguien recibió de Dios, actuó primero como si ya lo tuviera y entonces recibió. La lógica sensorial indica que primero se recibe y entonces se actúa. Pero en el campo espiritual es al revés, primero se actúa y entonces se recibe en la acción misma.
Veamos nuevamente el relato de Marcos 3:

Marcos 3:3,4

3 Entonces dijo al hombre que tenía la mano seca: Levántate y ponte en medio
5 Entonces […] dijo al hombre: Extiende tu mano. Y él la extendió, y la mano le fue restaurada sana.


Lea con atención el versículo 5.
La secuencia de acciones está según parece, a la inversa. Debería decir: “y la mano le fue restaurada sana y él la extendió”.
Tal vez si yo hubiera sido el hombre de la mano seca, ante el mandamiento de Jesús “extiende tu mano”, le hubiera dicho, “no puedo Jesús, está seca, sánamela y entonces la extenderé”.
Pero justamente aquí está el principio inmutable de fe de anticipación. Es actuar sobre la promesa con fe como si ya se hubiera recibido, porque cuando la promesa sale de la boca de Dios o de la boca de Jesús, literal y espiritualmente ya se ha cumplido.
El hombre la extendió… y la mano le fue restaurada sana.
Este principio va contra nuestra experiencia sensorial que dice que no puedo pagar algo hasta que no tenga el dinero, no puedo comer algo hasta que no tenga la comida, no puedo hacer nada hasta que no tenga los elementos para hacerlo.
La fe espiritual funciona al revés.
No es ver para creer, es creer para ver.
Jesús se lo enseñó a Tomás cuando pretendía ver y tocar a Jesús antes de creer que había resucitado:

Juan 20:27-29

27 Luego dijo [Jesús] a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
28 Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío!
29 Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.

Queremos poner primero el dedo en la mano y meter la mano en el costado de Jesús antes de creer sus maravillosas promesas para nuestras vidas.
Es típicamente humano.
Pero Jesús nos dice lo mismo que a Tomás: “crean y verán mis maravillas a su favor”.
Cuando Dios guió a su pueblo por mano de Josué a entrar en la tierra prometida, una y otra vez les dijo: “Vayan y entren pues yo los he entregado en sus manos”.
Les hablaba en tiempo pasado de lo que sucedería en el futuro. Este es el principio inmutable de fe, es llamar a las cosas que no son aún, como si ya fuesen.
Es la fe de Dios que dijo: “sea la luz” y fue la luz, es la misma fe que declara con convicción la promesa de Dios y entonces sucede.

Romanos 4:17 nos dice que Abraham recibió de Dios cuando se alineó a la misma fe de Dios que llama a las cosas que no son como si fuesen.
Jesús dijo literalmente en Marcos 11:22 enseñando a sus discípulos a creer: “Tened la fe de Dios”, como lee el texto en griego (La RV 60 lee: “Tened fe en Dios”).
Otro milagro de Jesús nos muestra claramente este principio:

Lucas 17:11-14

11 Yendo Jesús a Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea.
12 Y al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos
13 y alzaron la voz, diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!
14 Cuando él los vio, les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados.

Nuevamente vemos el principio como en cada lugar en la Biblia cuando alguien recibió por fe.
Los leprosos según la ley, no podían convivir con la gente, estaban recluidos en soledad.
Sólo un leproso podría ser amigo de otro leproso.
Si alguno de estos alguna vez se sanaba, debía pasar una minuciosa prueba ante los sacerdotes para constatar que estaba sano, y si se comprobaba la sanidad total, el sacerdote lo declaraba públicamente limpio y podía restablecerse a la vida social.
Estos hombres no se sanaron y entonces fueron, fueron y entonces mientras iban se sanaron.
Si ellos se sentaban a esperar a estar sanos para ir, nunca hubieran recibido la promesa de sanidad.

YA LO HEMOS RECICIBIDO

Al igual que el hombre de la mano seca y al igual que cada persona que recibió de Dios, ellos tomaron acción con fe, y recibieron.
Si usted espera a sentirse justo ante Dios para orar con fe, tendrá que esperar toda la vida, la promesa de Dios es que Él ya lo hizo justo en Cristo Jesús.
Vea las declaraciones de Dios con respecto a su condición delante de Él:

Romanos 5:1,17

Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo

2 Corintios 5:21

Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.

Gálatas 2:16

… sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado.

No dice que usted tendrá paz y tendrá justicia cuando lo merezca, dice que si usted creyó en Cristo, usted ya tiene aquello prometido por Dios, porque no depende de lo que usted haga o deje de hacer sino de lo que Jesús ya hizo.
Romanos habla en tiempo pasado de muchas de las cosas que en nuestra razón humana estamos esperando:

Romanos 8:29,30

29 Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.
30 Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.

¿Está usted glorificado? ¿Está en el cielo glorioso disfrutando de la presencia del Dios? Para Dios sí, porque Él vive en la fe que ha creado, Él llama las cosas que no son, como si fuesen.
Por esto los versículos siguientes nos dicen: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?… Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.”
Nada puede contra las declaraciones de Dios. Si Él dice que lo salvó, que lo justificó, que lo glorificó, ni todo el infierno puede impedirlo, pues ya sucedió.
Si pensásemos en las promesas como Dios piensa de ellas manifestaríamos mucho más poder.
Pero al pensar en ellas como algo futuro se nos hacen probables y no seguras. El futuro es probable pero el pasado es seguro.
“Mañana lloverá” decimos, pero aún no sucedió, pudiera no suceder, pero si ayer llovió es algo que no se puede cambiar, esta es la seguridad de las promesas de Dios.
En una época de mi vida fui traspasado por esta verdad como nunca antes había sucedido.
Vivíamos con mi esposa y mi hija en la ciudad de Mar del Plata y parecía como si el cielo se hubiera cerrado para nosotros.
No podía conseguir trabajo en ningún lado.
Lo había intentado todo, no me daba descanso, salía cada día y volvía golpeado por una nueva derrota.
Esta situación duró meses.
Por supuesto que oraba, pedía y suplicaba pero era como si Dios se hubiese olvidado de mí.
En medio de estas circunstancias, cierta noche en casa comenzamos a trabajar con mi esposa la traducción de un estudio sobre los derechos como hijos de Dios que teníamos en Cristo.
Hablaba sobre la dignidad de ser hijos de Dios, sobre las promesas inmutables de Dios, sobre todo lo que es nuestro en Cristo Jesús independientemente de nuestros propios pensamientos al respecto.
Decía que nosotros somos lo que somos por lo que Jesucristo es, no por lo que nosotros somos.
Me sacudió el corazón.
Fue como sacarme una venda de los ojos y empezar a ver cosas nuevas.
La mañana siguiente salí y al primer lugar que fui me tomaron para trabajar.
Luego fui a otro lugar y también me tomaron, pero les dije que en realidad yo ya tenía trabajo en otro lado, pero mi hermano necesitaba uno, así que sin ningún protocolo lo tomaron a mi hermano allí. Al otro día ambos estábamos trabajando.
A mi no me sorprendió, me llenó de gozo pero no me sorprendió, la sorpresa había sido la noche anterior al realmente ver las promesas de Dios.
Esa noche había ganado, cuando acepté que Dios era más grande que yo y mis limitaciones, cuando por fin pude creer.
Esa mañana el mundo a mi alrededor era el mismo ¿Qué cambió? Yo cambié por creer la palabra de Dios que no cambia.

COMO EN EL CIELO, ASÍ TAMBIÉN EN LA TIERRA

Hebreos 11:1

Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.

Certeza y convicción, eso es fe. No es “tal vez”, “ojala” o la famosa frase hecha: “si Dios quiere”.
Cuando Dios promete algo, Él quiere cumplirlo, es más, Él ya lo cumplió, hoy debemos extender la mano y será restaurada, hoy debemos ponernos en camino y seremos sanados.
2º Corintios nos da doctrina sustancial acerca del principio inmutable de fe de anticipación y la razón espiritual para que sea así:

2 Corintios 1:19,20

19 Porque el Hijo de Dios, Jesucristo, que entre vosotros ha sido predicado por nosotros, por mí, Silvano y Timoteo, no ha sido Sí y No; mas ha sido Sí en él;
20 porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios.

Tal vez en una primera leída no se perciba el impacto espiritual de estos versículos.
La traducción de la Reina Valera 1960 tampoco es del todo clara por eso veamos la Nueva Versión Internacional:

19 Porque el Hijo de Dios, Jesucristo, a quien Silvano, Timoteo y yo predicamos entre ustedes, no fue "sí" y "no"; en él siempre ha sido "sí".
20 Todas las promesas que ha hecho Dios son "sí" en Cristo. Así que por medio de Cristo respondemos "amén" para la gloria de Dios.

Las promesas de Dios son realidad en Jesucristo el Hijo de Dios.
Él ya lo logró, ya abrió el cielo para nosotros, ya nos puso en paz con Dios, ya nos justifico, ya está, usted tiene que confesarlo.
No tiene que fabricar nada, tiene que declarar con certeza y convicción lo mismo que Dios.
Cuando Dios ha hecho una promesa, es “sí” en Cristo, ahí debe haber certeza.
Usted tiene que tener certeza en el “sí” de Dios si va a recibir de Él.
Luego con convicción viene el “amén”.
El término “amén” indica una intensa afirmación y acuerdo.
La palabra raíz hebrea significa: “firme, estable y confiable”.
En el origen, “amén” se refería a la verdad y fidelidad de Dios.
Amén es su declaración propia de fe en que Dios ha dicho verdad al prometer y que es fiel para cumplir.
¿Puede ver el impacto de este versículo y su alcance? El sí le pertenece a Dios y lo ha declarado en Cristo Jesús, el amén le pertenece a usted en respuesta al sí de Dios.
El “sí” es en el cielo, el “amén” es en la tierra.

Jesús enseñó a sus discípulos a orar: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino.
Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Lucas 11:2).
No dijo que pidieran que se haga su voluntad en el cielo “y” en la tierra, sino, en la tierra “como” en el cielo.
En el cielo se hace la voluntad de Dios, en la tierra se hace en la medida que Dios tiene nuestro “amén”.
¿Se da cuenta de porqué el mundo está como está? Hay muy poca creencia sobre la tierra en la veracidad de la Palabra de Dios, y menos confianza en Su fidelidad.
Cuando yo pasé por el desafío en Mar de Plata, tenía el “sí” de Dios, pero Dios no tenía mi “amén”.
Yo estaba esperando a Dios, pero era Dios en realidad el que me estaba esperando a mí.
Cuando tuvo mi “amén” derramó su promesa en mi vida.
Y esto es porque Dios nos ama, y actúa si se lo permitimos.
Él hace lo que nosotros decimos si fluye con sus promesas como veremos en el próximo principio, el de claridad.
También Dios nos prometió vida eterna, paz, sanidad, santidad, nos prometió que somos coherederos con Cristo y que todas sus riquezas en gloria son nuestras en Cristo Jesús.
Pero seguimos esperando ver para creer.
Tal vez ese sea el principal motivo por el cual estamos viendo muy poco del poder de Dios manifestado, estamos esperando que la promesa se cumpla para creerla… ¡ya se cumplió en el momento mismo que Dios la declaró!
Hoy tenemos que declararla nosotros, decir lo mismo que Dios dice y actuar sobre esas promesas que son nuestras porque a Dios le pareció bien dárnoslas aunque no la merecíamos, sólo porque creímos en su Hijo Jesús que dio su vida para salvarnos.
Todas las promesas que ha hecho Dios son "sí" en Cristo.

Así que por medio de Cristo respondemos "amén" para la gloria de Dios.


By Pablo Seghezzo
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PRINCIPIOS DE FE 1º parte EL DIOS QUE NO CAMBIA

Dios te bendiga!!.
Las personas cambiamos, el mundo cambia, la cultura cambia, pero Dios es siempre el mismo. El cambio se hace necesario en todo aquello que es imperfecto, necesita progresar y mejorar, lo cual no es el caso de la cultura y el mundo que empeoran con el tiempo, pero Dios nos pide a nosotros sus hijos que nos transformemos, que renovemos nuestros pensamientos, que crezcamos hacia la madurez que hay en Cristo. Pero Dios no necesita cambiar, Él es perfecto en todos sus caminos. Le dijo a su pueblo en el libro de:
Malaquías 3:6:
“Porque yo Jehová no cambio”,
y el testimonio de:
Hebreos 13:8 es:
“Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”.
La Palabra de Dios no puede ser cambiada tampoco, la revelación está sellada y nada puede cambiarla, quién lo intente según Apocalipsis 22:18 y 19 solo traerá maldición a su vida.
Así que Dios no cambia, su Hijo no cambia y Su Palabra no cambia.
Esto es un gran consuelo y aliciente para nosotros.
¿Se imagina un Dios que hoy le da salvación y mañana se la quita, hoy le ama y mañana ya no?, sería como caminar en arenas movedizas, pero nuestra vida esta fundamentada en las promesas y realidades inamovibles de Dios.
Usted de siente bien y alza los ojos al cielo y allí están las estrellas, usted se siente mal y allí están las estrellas, siempre están ahí, incluso cuando no pueda verlas, ellas están ahí, no cambian.
Cuando era un niño y cuando es adulto siguen igual. Usted ha cambiado pero el cielo sigue igual.
Así es Dios, así es Jesús y así es la Palabra en donde están registradas las promesas de Dios.

LAS PROMESAS DE DIOS

¿Ha pensado alguna vez que las promesas de Dios no dependen de sus sentimientos sino de aplicar los principios involucrados para recibirlas? Los cristianos en este tiempo (y nos sólo los cristianos sino los occidentales en general), estamos muy influenciados por la cultura sensorial.
En muchos casos el “sentir” ha reemplazado al creer.
Se supone que se ha recibido porque se ha sentido, y si no se siente algo fuerte se supone que nada espiritual ha sucedido.
No hay nada malo con sentir, pero los sentimientos van y vienen con la velocidad de un rayo, son cambiantes como pocas cosas, de un segundo al otro podemos pasar de un sentimiento al otro sin siquiera darnos cuenta y sin tener casi incidencia en ello.
Si recibir de Dios dependiera de cómo nos sentimos, sería como un gran juego de azar impredecible.
Hay más de novecientas promesas en la Biblia para usted y todas ellas se reciben por fe, y solamente por fe.
Desde la salvación eterna hasta la más pequeña promesa se reciben por fe. Fe no es un sentimiento, puede involucrar sentimientos como cualquier cosa que el hombre haga, pero no es un sentimiento.
Es mucho más grande que eso.
Es lo mismo con cada realidad del ser humano.
Tener un hijo no es un sentimiento, involucra ciertos sentimientos en uno, ciertos sentimientos en otro, algunos en la mujer y otros en el hombre, pero la realidad de ser padres es la misma.
Usted es padre de ese niño, sin importar como se sienta. Un padre y una madre normales serán capaces de pasar por encima del miedo, la inseguridad o el sentimiento que sea para ayudar a su hijo si está en peligro, porque la realidad amor de padre es mayor.
Así es la fe, trasciende e incluye los sentimientos pues es una realidad mucho mayor y más estable. Esta es una de las primeras cosas a reconocer si vamos a crecer en la fe.
Las promesas de Dios se reciben por fe que es lo mismo que creer. Fe y creencia son la misma palabra en griego, pistis. Creer es un verbo y como tal demanda acción. Creer no es un pasivo esperar que algo suceda, es tomar acción sobre el mandamiento que libera la promesa.

MANDAMIENTO Y PROMESA

Un truco religioso es la obediencia a los mandamientos por si misma, obediencia como un fin.
Pero los mandamientos nos traen las promesas en concreción, ellas son las que traen gozo al corazón.
A veces el mandamiento puede no ser muy agradable debido a nuestra naturaleza carnal vendida al pecado, pero la promesa que es liberada por ese mandamiento es causa de gozo.

Hebreos 12:11
Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.

Aquí hay un principio de fe aplicable a toda la Palabra de Dios. Trabajaremos en adelante sobre varios principios inmutables de fe en la Palabra de Dios, pero aquí vemos que todo mandamiento es como una semilla que da fruto.
Aunque parezca ser causa de tristeza, aunque la semilla no parezca ser atrayente, cada vez que se trate de un mandamiento de Dios, el resultado de disciplinarse a obedecerlo, será fruto bueno de justicia.
¿Cuál es la promesa que libera el mandamiento? Obedezco pero no se muy bien para qué, entonces, al venir la tentación, no veo el gozo puesto delante de mi para soportarla y cedo. No tengo la mirada más allá del presente. Hago y hago pero pierdo el gozo y no obtengo la promesa, me falta aliento.

Jesús soportó el menosprecio en la cruz por el gozo puesto delante de él (Hebreos 12:2). Abraham obedeció ofreciendo a su hijo Isaac en el altar en la promesa de redención y resurrección
(Hebreos 11:17-19).
Moisés renunció a la gloria como príncipe de Egipto para sufrir con el pueblo de Dios porque tenía la mirada puesta en el galardón de Dios (Hebreos 11:24-26).
Pablo soportó todo tipo de aflicción por causa del supremo llamamiento celestial para el futuro
(Filipenses 3:13,14).
Y así fue con cada persona de fe en la historia espiritual, es un principio inmutable.
Ellos tenían la mirada en las promesas de Dios, por lo cual obedecieron hasta el fin.
Vea cada mandamiento en la Palabra de Dios y verá la promesa que resulta de él.
Dios no es un Dios que busca obediencia a ciegas, puede haber casos en los que no tenemos todo claro y obedecemos igual, pero sépalo, Dios siempre recompensa sus mandamientos con promesas que van mucho más allá del esfuerzo requerido para obedecer.
Como una semilla, es pequeña, pero el resultado de cultivarla es mucho más grande que ella misma.
Escoja al azar cualquier mandamiento en el Antiguo o Nuevo Testamento y verá que este patrón siempre se cumple.
Busque siempre la promesa del mandamiento y el mandamiento de la promesa.
Puede que no lo vea a simple vista y tenga que buscar un poco, puede que la promesa sea evitar consecuencias, pero siempre hay promesa.

Deuteronomio 30:19,20


19 A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia;
20 amando a Jehová tu Dios, atendiendo a su voz, y siguiéndole a él; porque él es vida para ti, y prolongación de tus días; a fin de que habites sobre la tierra que juró Jehová a tus padres, Abraham, Isaac y Jacob, que les había de dar.


Mandamiento:
Escoger la vida (lo cual implicaba obedecer los mandamientos que Moisés les acababa de dar), amando a Dios atendiendo a su voz y siguiéndole a él.
Promesa:
Vida para ellos (los cual implica vida eterna), vida prolongada terrenal, y habitar en la tierra prometida (implica prosperidad y paz allí)

Romanos 10:9

que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.


Mandamiento:
Confesar con tu boca que Jesús es el Señor y creer en tu corazón que Dios lo levantó de los muertos

Promesa:
Serás salvo (ser salvo es nacer de nuevo, recibiendo el espíritu de Dios y vida eterna)
Este patrón se cumple con cada mandamiento y con cada promesa.
Para recibir cada promesa algo hay que hacer. Usted tiene que ser específico cuando se trata del mandamiento si espera recibir de Dios.
Si usted dice: “tengo que creer que Jesús es Dios si quiero ser salvo”, o “debo confesar que él se levantó a si mismo de la muerte”, no es lo que dice el texto de Romanos, no es lo que Dios dice.
Mucha gente no recibe porque no es específica, cree la tradición y cuando llega a la Palabra no puede discernir entre una cosa y la otra.
Si usted quiere ser salvo debe obedecer el mandamiento tal como está escrito.
Ni mucho menos debe pensar que la salvación depende de un buen sentimiento cuando va a al culto.
La salvación depende de la fe en la promesa específica de Dios que lo habilita para recibirla.
Por un lado debemos obedecer el mandamiento para recibir la promesa, por otro lado debemos saber y estar expectantes por recibir la promesa cuando obedecemos el mandamiento.
Dios no cambia, su Hijo no cambia y su Palabra no cambia, es por esta razón que nuestra naturaleza pecadora, débil y limitada puede cambiar.
Cambiar basándose en lo que cambia es un laberinto sin fin, una travesía imposible. Así es con la búsqueda de la felicidad y la realización fuera de Dios.
¿En que se basa? En los modelos actuales filosóficos, psicológicos y sociales del momento.
Pero tiempo atrás eran otros, y antes otros, y mañana serán otros. El verdadero cambio se basa en lo inmutable.

By Pablo Seghezzo
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lunes, 13 de julio de 2009

EL REDENTOR

Dios te bendiga!!.

Aunque hoy en día mucha gente celebra el nacimiento de Jesucristo, ya sea por motivos religiosos o comerciales, pocos de ellos tiene un adecuado conocimiento del propósito de su nacimiento.
Realmente, de acuerdo a la Palabra de Dios, Jesucristo nació teniendo desde el principio una misión específica, que era pagar con su vida por la remisión de nuestros pecados.
Así como el ángel le dijo a José, cuando Jesús aun estaba en el vientre de María:

Mateo 1:21“Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.”

“Jesús” en hebreo significa “el Señor (Jehová) nuestra salvación”, en realidad fue Jesucristo a través del cual el Señor, Jehová, traería salvación al pueblo y los salvaría de sus pecados.
Como la Palabra dice comentando sobre la sugerencia de Caifas, el sumo sacerdote de los judíos, sobre la crucifixión de Jesús:


Juan 11:50-52
50 ( Hablando Caifás) ni pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca.
51 Esto no lo dijo por sí mismo, sino que como era el sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús había de morir por la nación;
52 y no solamente por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos.

Jesucristo iba a morir por todos nosotros y algunos de los efectos de esta muerte son los que vamos a examinar en este artículo.

1. Jesucristo: el redentor de nuestros pecados

Una de las cosas a la que muchas veces se refiere como resultado de la muerte de Jesús es la redención.
“Redención” es una acción que asume la existencia de un redentor, esto es, alguien que haga la redención posible y la existencia de un rescate que se paga por eso.
Para descubrir qué fue eso por lo que Jesucristo nos redimió así como el rescate que pagó vayamos a Tito 2:14 que dice:

Tito 2:14
“quien [Jesús] SE DIO A SÍ MISMO POR NOSOTROS PARA REDIMIRNOS DE TODA INIQUIDAD”

Jesucristo nos redimió DE TODA INIQUIDAD, y la obtuvo al DARSE A SÍ MISMO por nosotros.
En otras palabras, ÉL era el rescate para nuestra redención de “TODA INIQUIDAD”.
Como el mismo dijo en Mateo 20:28:

Mateo 20:28
“como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, Y PARA DAR SU VIDA EN RESCATE POR MUCHOS.”

Jesús vino para servir, Y PARA DAR SU VIDA EN RESCATE POR MUCHOS.”
Y tan grande era este rescate que se pagó por nosotros y de igual manera la redención que se obtuvo por eso.
Veamos Hebreos 9:11-12 donde habla sobre la redención:

Hebreos 9:11-12
11 Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación,

12 y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención.

Los sacerdotes de la ley ofrecían becerros y cabras mediante los cuales intentaban obtener remisión por sus pecados.
Como veremos más delante, lo que hacían era inadecuado. Por otro lado, Jesús presentó a Dios SU PROPIA SANGRE mediante la cual obtuvo LA ETERNA REDENCIÓN POR NOSOTROS”. Como en Efesios 1:7 y Colosenses 1:14 también dicen:

Efesios 1:7
“en quien TENEMOS REDENCIÓN POR SU SANGRE, el perdón de pecados según las riquezas de su [de Dios] gracia,”

Colosenses 1:14
“En quien ]Jesús] TENEMOS REDENCIÓN POR SU SANGRE, el perdón de pecados:”

La redención no está en nuestras buenas obras y comportamiento.
No está en nuestra devoción religiosa.
No está en nuestro valor personal.
Sino que está en JESÚS.
Y es una redención “según las riquezas de su gracia” esto es, abundante y completa, así como leemos, eterna redención
.

2. Jesucristo: nuestro redentor por el pecado de Adán

Como se mencionó en la última sección, Jesucristo era el rescate que se pagó por TODOS nuestros pecados, por “TODAS nuestras iniquidades” como en Tito 2:14 dice.
Sin embargo, se debe poner en claro que para ese “TODOS (AS)”, aparte de los pecados que uno comete durante su vida, también se incluye el pecado que Adán cometió con su caída, el cual pasa de generación en generación a toda la humanidad, haciéndolos pecadores desde el momento en que nacen. Como en Romanos 5:18-19 dice:

Romanos 5:18-19
18 Así que, como por la transgresión de uno (Adán) vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno (Jesús) vino a todos los hombres la justificación de vida.
19 Porque así como por la desobediencia de un hombre (Adán) los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno (Jesús), los muchos serán constituidos justos.

La desobediencia de Adán no le costó solo su propia caída , sino que también hizo pecadores a todos los que han nacido después de él, aunque ellos mismo no hayan cometido ese pecado. Así que, no hay ningún hombre que pueda decir que no necesita redención, porque aun en el caso hipotético de que no haya hecho nada malo, aun sigue teniendo el pecado de Adán que lo hace pecador desde el momento de su nacimiento.
Obviamente, nuestra redención sería completamente inadecuada, si no incluyera el pecado de Adán.
En realidad, ¿cuál sería la ganancia si fuéramos “redimidos” por los pecados que ya hemos cometido y no por los pecados que aun no hemos hecho, y aun se nos ha cobrado el pecado de Adán?
Por lo cual, Jesucristo también nos ha redimido del pecado que Adán nos heredó. Y esto es lo que hizo, Romanos 5:19 dice:

Romanos 5:19
“Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la OBEDIENCIA DE UNO [Jesús], LOS MUCHOS SERÁN CONSTITUIDOS JUSTOS”.

Aunque el pecado de Adán pase de generación en generación, infectando a todos los hombres, a través de la obediencia y sacrificio del Señor Jesús, todos nos podemos librar no solo de ese pecado sino también todo pecado que haya infectado nuestras vidas. Tito 2:14 dice:

Tito 2:14
“quien [Jesús] SE DIO A SÍ MISMO POR NOSOTROS PARA REDIMIRNOS DE TODA INIQUIDAD”

Cuando dice TODA iniquidad significa TODA iniquidad obviamente incluyendo el pecado de Adán.
Hoy cuando alguien nace, sigue naciendo como pecador.
Sin embargo, ahora hay una salida de esa situación, que se llama creer en el Señor Jesucristo. Hechos 10:43 dice:

Hechos 10:43
“De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre.”

Así de fácil: tu crees en Jesucristo y todos tus pecados son perdonados. Ya costó mucho para obtenerlo, costó la preciosa sangre del unigénito Hijo de Dios.
Entonces para concluir, aunque en el primer nacimiento nacemos pecadores, en el segundo nacimiento, el nacimiento de arriba (ver Juan 3:3-8), el cual ocurre en el momento en que creemos en el Señor Jesús y en su resurrección, somo nacidos de nuevo, totalmente puros, puesto que esta creencia, que es responsable de este segundo nacimiento, nos limpia de TODO pecado.

3. Jesucristo: el perfecto sacrificio

Habiendo visto que el sacrificio de Jesucristo nos redimió de todo pecado, es posible que alguien pregunte ¿cuál era el rol de los varios sacrificios y ofrendas que están registradas en la ley , cuyo objetivo era el perdón de pecados por los cuales eran ofrecidos?
Antes de decir algo sobre el valor de esos sacrificios, se debe poner en claro, que no había nada anticipado en la ley para el perdón del pecado de Adán.
No había nada que pudiera ayudar al hombre a deshacerse de el.
Así que la gente nacía como pecadora y seguía como pecadora aunque hayan ofrecido todos los sacrificios de la ley por los varios pecados registrados ahí.
Esta situación cambió con el sacrificio de Jesús después del cual, aunque hayamos nacido pecadores, podemos ser limpios de este pecado y de hecho de todos los pecados, creyendo en Cristo.
Ahora, dejando a un lado el pecado de Adán y regresando a los sacrificios y ofrendas registrados en la ley, la Palabra de Dios los caracteriza como inadecuados. Hebreos 10:1-4 dice:


Hebreos 10:1-4
1 Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan.

2 De otra manera cesarían de ofrecerse, pues los que tributan este culto, limpios una vez, no tendrían ya más conciencia de pecado.

3 Pero en estos sacrificios cada año se hace memoria de los pecados;

4 porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados.

Como el ultimo versiculo del pasaje anterior pone en claro, los sacrificios animales que la ley contemplaba para la remisión de pecados era insuficiente, porque dice “porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados.” Y puesto que en Hebreos 9:22 dice:

Hebreos 9:22
“sin derramamiento de sangre no se hace remisión”.

Es obvio que para la verdadera remisión se necesitaba derramar otra sangre. Y cual era? La sangre de Jesucristo. En Hebreos 10:6-12 dice:

Hebreos 10:10-12
10 En esa voluntad[ver vers. 5-9 para el contexto] somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.
11 Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados;

12 pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios,

Jesús trató con el problema del pecado UNA VEZ Y PARA SIEMPRE.
Por otro lado, los sacerdotes quienes repetidamente ofrecían los mismo sacrificios “los cuales nunca pueden quitar los pecados”, Su sacrificio por los pecados fue UNO, mediante el cual obtuvo “eterna redención” (Hebreos 9:12).
Es por eso que ya no hay necesidad de otros sacrificios, como también en Hebreos 10:18 muy claramente dice:

Hebreos 10:18

“Pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado.”

Este pasaje no dice que ya no hay pecado.
Lo que dice es que ya no hay más ofrenda por el pecado.
Y esto porque la ofrenda de Jesucristo tiene poder eterno contra el pecado.
No solo contra los pecados que ya hemos cometido como impíos o contra el pecado de Adán, sino también contra los pecados que podamos haber cometido después de convertirnos a Cristo.
Esos pecados también son perdonados a través del poder redentor de la sangre de Jesús, cuando son confesados a Dios. 1 de Juan 1:7-9 dice:


1 Juan 1:7-9
7 pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.

8 Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.

9 Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.

La sangre de Jesús es la única medicina que puede curarnos de la enfermedad del pecado. La ley ordenaba cierto sacrificio para un cierto pecado, otro sacrificio para otro tipo de pecado etc.
Y aun así todos esos sacrificios no pudieron curar el problema del pecado. Sin embargo, lo que la ley no pudo obtener, Jesucristo lo obtuvo sacrificándose a sí mismo.
Ahora, todo aquel que cree en Él es lavado de TODOS sus pecados. Como en Apocalipsis 1:5 dice:

Apocalipsis 1:5
“y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre,”

Jesucristo nos lavó de nuestros pecados con su sangre.
Él fue quien hizo el trabajo. Ni si quiera dice que nos lavamos a nosotros mismos.
Él lo hizo todo.
Y lo hizo COMPLETAMENTE sin la necesidad de algo más.

4. Jesucristo; nuestra reconciliación con Dios

Habiendo visto que el sacrificio de Jesucristo nos dio la remisión de nuestros pecados, avancemos para ver algo mas que también nos dio, a través de su remisión.
¿Qué es eso? Nuestra reconciliación con Dios.
Antes del sacrificio de Jesús eramos pecadores y de ese modo enemigos de Dios, después de su sacrificio y de creer en él, somos redimidos y lavados de nuestros pecados.
Eso nos hace justos y nos reconcilia con Dios. Como en Romanos 5:6-10 dice:

Romanos 5:6-10
6 Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos.

7 Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno.

8 Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.

9 Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira.

10 Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida.

Jesucristo murió por nosotros, cuando aun eramos pecadores y enemigos de Dios.
Con su muerte, nos reconcilió con Dios, porque su muerte pagó por todos nuestros pecados y nos transformó, cuando creímos, de pecadores a justos. Como en 1 de Pedro 3:18 dice:


1 de Pedro 3:18
“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu;”

Jesucristo, el justo que sufrió por todos nosotros, los injustos, y con su sacrificio nos LLEVÓ a Dios. Ahora, si Cristo nos llevó a Dios, ¿necesitaremos todavía que nos lleven a Él?
No, porque Cristo ya lo hizo.
Como cristianos, ya no estamos lejos de Dios ni necesitamos ser llevados a Él, sino que estamos reconciliados con Él.
Y no fuimos nosotros los que hicimos esto posible, sino Jesús. Como el texto dice: “PADECIÓ... para llevarnos a Dios”.
Además, Colosenses 1:19-23 agrega:

Colosenses 1:19-23
19 por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud,

20 y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.
21 Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado

22 en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él;

23 si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación que está debajo del cielo; del cual yo Pablo fui hecho ministro.

¿Seguimos siendo enemigos de Dios? ¿Seguimos siendo extraños frente a él? No, “erais en otro tiempo extraños y enemigos”, ya no.
Porque “ahora [Dios] os ha reconciliado en su [Jesús] cuerpo de carne, por medio de la muerte”.
Como en Efesios 2:19 dice:


Efesios 2:19
“Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios,”

5. Conclusión

En este articulo examinamos algunos de los efectos del sacrificio de Jesús, dando un énfasis especial a la redención de los pecados que se obtuvo mediante esto.
Como vimos, por su muerte Jesús nos redimió de todo pecado, incluyendo el pecado de Adán, reconciliándonos con Dios. Por lo cual, ya no somos pecadores, ni extraños, ni enemigos de Dios. De lo contrario, somos salvos, justos, santificados y reconciliados con Dios, y todo esto no porque hicimos algo, sino porque Jesucristo, nuestro redentor lo hizo, dándose a sí mismo en rescate por todos nosotros.
Entonces para cerrar este artículo, tengamos en mente las palabras de 1 de Pedro 18-19 que dicen:

1 de Pedro 1.18-19
18)sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata,

19)sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación,”

Versión Bíblica: Reina- Valera